Inicio > De interés > La estructura de la familia

 

Para entender a las familias y sus conflictos podríamos considerarlas como unos organismos vivientes estructurados por individuos que se alían o conflictúan para hacer frente a un entorno cambiante.

En esa red familiar quedan establecidas a través de la experiencia unos patrones de conducta inconscientes y que responden a las nuevas situaciones muchas veces de manera limitante antes que positiva. Estas limitaciones son en muchos casos las que han escrito el curso de la familia.

Al hablar de limitaciones me refiero a los “programas” o creencias inmersas en el entramado familiar. Estas pautas son “información aquí sobre algo que está allá” (Bateson, 1993). Pertenecen tanto al contexto familiar como social. Creencias de como afrontar el duelo de un ser querido, por ejemplo, tendrá que ver con hechos anteriores de fallecimientos en la familia, de cómo lo hicieron para subsistir, y el resultado se convierte en una creencia o una proposición que en el inconsciente resulta lapidaria e inmoviliza otros recursos en la actualidad. También creencias sociales de como deben ser las mujeres o los hombres se convierten en estereotipos difíciles de cambiar y que solo la confrontación y lucha constante con otros modelos pueden poder en duda la aseveración y facilitar un cambio más actualizado.

Otra limitación de orden sincrónico es la retroalimentación entre individuos. Las relaciones como dice Bateson (1993), no son lineales, sino circulares. Somos seres gregarios y el cambio que se produzca en uno de nosotros repercute invariablemente en los otros. Los organismos tienden hacia el conservadurismo y ponen freno al cambio. Sin embargo, la naturaleza del organismo es cambiante; por lo tanto, conservadurismo y cambio siempre están en oposición. Cada elemento de una estructura familiar tiene una posición en la estructura y también una función en la misma. Cada elemento de la estructura a la vez tiene dos fuerzas opuestas: una que tira hacia la conservación de la estructura en forma de pertenencia e identidad y otro que va hacia lo individual y el cambio. Lo que une la estructura es la identidad y la lucha del ego es contra el vacío desidentificado. Si ampliamos nuestros límites hacia una mirada del grupo la función de la conservación es la supervivencia. Hellinguer (2008) dice que si seguimos los dictados del grupo podemos sentir en nuestro cuerpo cierta inocencia y que si seguimos a nuestro yo individual en los momentos que sus acometidos no siguen a los del grupo lo podemos sentir como culpa, en tanto que inocencia y culpa van dictando los pasos de nuestra senda vital.

Hemos de entender que la estructura familiar está por encima de los deseos individuales y que muchas veces la dirección de los impulsos personales entra en disputa con el curso de la estructura familiar. No quiere decir esto que la estructura familiar está por encima de los individuos, ya que los individuos son los que conforman la familia. Más bien apunto al hecho de cómo se organiza delante de los sucesos ambientales.

Todas las familias tienen una historia y una experiencia acumulativa que les permitió subsistir. El como lo hicieron y las repercusiones que pueden tener esas soluciones que se adoptaron son las que nos limitan o nos dan fuerza en los escenarios futuros. A pesar de este panorama tan negro y que pareciera que venimos al mundo con muchas limitaciones, esto no es cierto, sino todo lo contrario. El hombre tal y como dice Viktor Frankl (1982) tiene la libertad de elegir y de tomar sus propias decisiones teniendo en cuenta que sus decisiones tendrán una repercusión en el otro, una retroalimentación”. El autor llega  aseverar que aun cuando el hombre parece que no puede elegir, tal y como pareciera que les sucedía a los condenados a las cámaras de gas en la época del nacismo, aún le queda una libertad, la actitud que tomará delante de esa circunstancia. Aquellos condenados podían entran con dignidad o derrotados y esa actitud era una última libertad que dependía solo de ellos.

No hay claridad entonces si las decisiones que vamos tomando en la vida responden a nuestra propia individualidad o a “limitaciones” provenientes de la familia o restricciones fruto de la retroalimentación con el otro. Siguiendo la pauta psicoanalítica la solución será hacer consciente lo inconsciente. Llevar a un estado de “darse cuenta”, de comprensión todas las pautas restrictivas que tienen que ver con patrones que funcionaron en el pasado y que ahora no están actualizados. Esta comprensión nos da información sobre las pautas espontáneas y que tienen que ver con mandatos familiares. Es este el primer paso para tomar la voluntad y la libertad de encontrar decisiones más allá de programas determinados.

Hasta aquí he querido mostrar las creencias, programas, limitaciones que individualmente traemos cada uno de nosotros y que nos conformas. Llegamos a la pareja, que puede ser el inicio de un nuevo sistema, la familia, con valores iguales o distintos a los que cada uno heredamos con un equipaje. Y con esa dotación nos ponemos enfrente de esa otra persona . Al principio puede que sintamos el enamoramiento, ese estado que Garriga (2013) dice: nos mueve mucho, aunque estamos ciegos. Y esto sucede porque en nuestra ceguera vemos más la idealización del otro que al otro. Y en ese otro encontramos muchos acuerdos, muchas similitudes y complementariedades que nos hacen creer que por fin llegó la felicidad. A medida que avanzamos en la relación, Garriga (2013) asegura que vemos un poco más y por lo tanto no nos mueve ya tanto. Esta segunda etapa es más interesante puesto que dejamos de estar ciegos y empezamos a ver como nuestra cultura estructural muchas veces no coincide con la del otro. Empiezan los conflictos y las crisis, si nos quedamos tenemos la oportunidad de discutir y dialogar para llegar a un entendimiento y así expandir nuestra estructura de valores y creencias. La nueva pareja entonces les dará a sus hijos una mezcolanza de valores y actitudes mezcla de los dos sistemas.

Antes de seguir, quiero reflexionar sobre el individuo y su contexto. Tal y como propone Maturana (2006) en su discusión sobre el organismo y contexto o como refleja Perls (2001) en su tratado sobre figura-fondo, el yo no existe fuera de su contexto. No existe un yo y su contexto sino un yo-contexto.

Cuando nace un bebé el yo del neonato es un yo “bebé-mama”. El contexto mamá, hace al organismo bebé, la configuración de su yo. No existe un bebe indiferenciado. Así, más tarde será bebé-mamá-papá. En términos gestálticos bebé sería la figura y papá-mamá el fondo. (Perls, Hefferline, & Paul Goodman, 2001) Así el yo dependiendo de su entorno será un yo diferente: niño-mamá; niño-papá; niño-hermano, después niño-otros niños del jardín de infancia y así siempre.

Cuando la pareja se encuentra hay un yo nuevo producto de un yo-tú, es un yo en pareja.  Tal y como vimos al principio de este artículo el yo o el tú son fractales emergentes de un programa de programas, matrices y creencias, donde el yo se enfrenta a un tú estructural, diacrónico y con una narrativa compleja que le hace de contexto.

En la mirada de la nueva familia, atendiendo a las pautas sincrónicas, las conductas que emergen en las relaciones de los individuos del sistema, tendremos que observar dos elementos fundamentalmente: los límites y las jerarquías (Minuchin, 2017).

El sistema familiar engloba subsistemas, así tenemos el subsistema de la pareja, el susbsistema fraterno. También se producen alianzas, una hija y un padre por poner un ejemplo pueden formar un subsistema que mantiene excluida a la madre y fomenta un conflicto en la pareja. También pueden formarse susbsistemas paterno-filial; materno filial crear así conflicto en la pareja que se reproduce entre los hermanos por las alianzas que ellos tomaron. Entre un subsistema y el otro, se establecen unos límites que la mayor parte de las veces son implícitos.

Estos límites dicen puede ser claros, difusos o rígidos (Minuchín, 2017). También los límites que establece la familia entre sus miembros o la familia con otros sistemas obedecen a esta clasificación de los límites. Así un límite claro permite establecer contacto nutriéndose de otro sistema o subsistema y a la vez permanecer con uno mismo. Un límite rígido no permite el intercambio y dificulta la posibilidad de nutrirse del otro creando un organismo-entorno con dificultades para la plasticidad conductual. Un límite difuso promueve la confluencia entre sus sistemas dificultando así la independencia y la intimidad.

Las jerarquías si son claras suscitan el crecimiento y la independencia y ayudan a establecer los límites claros. En las jerarquías los padres están por encima de los hijos, y no al contrario. Esta jerarquía puede romperse por alianzas que se establecen entre padres e hijos, ocupando un hijo con permiso de uno de los padres el lugar que debería ocupar el padre. Este hecho hace que el hijo quede atrapado en esa alianza y no pueda tomar su propia vida. Puede causar dificultades en un sistema posterior si esas alianzas no se rompen. Por ejemplo, una madre tiene una alianza con un hijo y lo coloca a un nivel jerárquico igual a ella. Puede ser por una separación de la pareja, defunción del padre, o simplemente en el ámbito familiar. Si el chico más adelante forma una pareja nueva para él, la alianza que mantiene con la madre puede perjudicar a la nueva alianza con la nueva pareja. Y en esa alianza el padre queda excluido con las dificultades que conlleva para el hijo no tener padre.

Desde el punto de vista de la terapia familiar el síntoma, que habitualmente un miembro es el portador de este, reifica el problema. White (2004) propone externalizar el síntoma y observar como el problema afecta a cada miembro de la familia y preguntar a cada uno que hacen ellos para perpetuarlo. Por ejemplo, una familia donde hay un hijo drogadicto se puede establecer una alianza entre este hijo y la madre que lo ayuda. El padre puede quedar excluido y la pareja, aunque tiene problemas no son mirados, la droga es lo más importante. Otro hijo puede dejar de recibir la atención de los padres.

La terapia sistémica familiar atiende a la estructura emergente y conductual y establece una mirada sincrónica del problema. Pone el acento en la observación de los límites, jerarquías y síntomas. Las constelaciones familiares aúnan la observación sincrónica con la diacrónica. Teniendo en cuenta los límites, programas, matrices que cada individuo trae de su propio sistema. El encuentro entre lo sincrónico y lo diacrónico es lo que hace tan rica esta metodología. La posibilidad de aunar las dos miradas viendo cómo interactúan todas a la vez. Quisiera poner un último ejemplo: si retomamos la alianza que se establecía entre un padre y una hija, una mirada sincrónica podría descubrir que el padre había tenido una anterior pareja cuya relación no terminó completamente. De una manera inconsciente e implícita el padre puede ver en su hija a aquella pareja anterior y la hija recoger la información del campo para hacerse como aquella. Esto puede provocar la dicha alianza padre-hija, exclusión de la madre y la hija se queda sin figura materna y a la postre sin paterna, puesto que la función paterna queda desdibujada por la implicación.

He querido aportar con este artículo una somera descripción de la terapia familiar y las estructuras familiares y complementarlo con la metodología de las constelaciones familiares que más allá de ser opuestos teóricamente son complementarios y el aporte de las CF facilita, y ayuda en la comprensión y solución del problema.

Bibliografía

Bateson, G. (1993). Espiritu y Naturaleza. Madrid: Amorrortu.

Frankl, V. (1982). Psicoterapia y Humanismo. Mexico: Fonde de cultura económica.

Garriga, J. (2013). El buen amor en la pareja. Barcelona: Destino.

Hellinger, B. (2008). Ördenes del Amor. Barcelona: Herder.

Maturana, H. (2006). Desde la biología a la psicología. Santiago de Chile: Universitaria.

Minuchin, S. (2017). Familias y Terapia Familiar. Barcelona: Gedisa.

Perls, F., Hefferline, R., & Paul Goodman. (2001). Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana. El Ferrol: Sociedad de Cultura Valle-Inclan.

White, M. (2004). Guias para una terapia sistémica. Barcelona: Gedisa.